El Imperio Eres Tú

Excelsior (México) 

La novela que se hizo acreedora al Premio Planeta 2011 es más una historia novelada que una novela histórica. En cualquier caso, resulta afortunada. No sólo por el estilo franco, sin linduras, que utiliza su autor, sino porque aproxima al lector hispanoparlante a Brasil, un país que nos resulta tan cercano y tan lejano al mismo tiempo.

Al repasar su vida, desterrado en Santa Elena, Napoleón Bonaparte hacía cuentas con sus enemigos: “Fue el único que me engañó”, declaró de Joao VI de Portugal quien, al ver que el emperador de Francia se disponía a invadir su reino —y temeroso de que lo hiciera abdicar a favor de uno de sus hermanos, como ocurrió con Carlos IV de España—, se embarcó con su familia rumbo a Brasil, su colonia más importante. Con el monarca luso gobernando desde allá, Napoleón podía invadir Portugal, pero no usurpar el trono.

Joao VI estableció su corte en Sudamérica y ahí permaneció más de 15 años, hasta después de la caída de Bonaparte. Entonces, cuando las nuevas ideas democráticas comenzaron a cuestionar las monarquías absolutas, regresó a Portugal, dejando a su hijo Pedro encargado de Brasil. Éste no tardó en declarar a Brasil independiente y a nombrarse emperador.

En El imperio eres tú, Javier Moro nos recuerda esta época de la historia, asegurando que la independencia de Brasil se debió “a la conjunción del talento, la energía, la inteligencia y el olfato de cuatro personas de orígenes muy diferentes: un hispano-portugués, una austriaca, un brasileño y un escocés”.



Y de estos cuatro personajes trata principalmente el libro. Principalmente, porque Moro también dedica páginas enteras a Domitila de Castro, la fogosa amante de Pedro; a su madre, una española que no se resignó nunca al exilio a la que la condenó Joao VI; a Miguel, medio hermano de Pedro, que acabó haciéndose del trono de Portugal, y a otros cortesanos, militares y políticos de ambos mundos que, ya con su ambición o indecisión, ya con sus sueños o resentimientos, consiguieron que Brasil rompiera sus lazos con la madre Patria. En el ejercicio se derramó muy poca sangre.

Moro, a quien ya conocíamos por otras novelas históricas bien vendidas, como El sari rojo y Pasión india, nos lleva ahora del sofocante calor de Río de Janeiro al tenebroso Palacio de Queluz. Describe los ímpetus de Pedro, un joven cuya imprudencia consiguió lo que nunca obtuvo la cautela de su padre; la abnegación de Leopoldina —la princesa austríaca que abandonó la fastuosa corte de su padre para emprender una aventura de la que quedó defraudada—; la visión política de José Bonifacio de Andrada, el ingeniero constitucional del Brasil independiente, y la codicia de lord Cochrane, el aventurero escocés que, al frente de su flota, derrotó a las guarniciones lusas que se negaban a entregar Brasil.

Las contradicciones de su personaje principal están particularmente bien perfiladas. Entre su deber y su debilidad por las mujeres; entre su autoritarismo principesco y su inclinación por las formas parlamentarias, Pedro acaba por abdicar del trono de Brasil a favor de su hijo y del trono de Portugal a favor de su hija. En este último caso tiene que organizar un ejército para expulsar a su hermano. Es una guerra que le cuesta la vida pero que, paradójicamente, le da una razón de haber vivido…

El ritmo de la narración es vertiginoso y, aunque Moro no está preocupado por hacer innovación a las formas literarias o al lenguaje, aunque apenas se arriesga más allá de la historia oficial —impecablemente documentada, eso sí—, nos entrega un libro

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